En el marco del Mes del Cerebro, vale la pena preguntarnos si realmente estamos haciendo lo suficiente para cuidarlo. Más allá de los desafíos intelectuales, el descanso o la actividad física, la alimentación también juega un papel preponderante en su funcionamiento.
Entre los nutrientes que han despertado mayor interés en los últimos años destacan los ácidos grasos omega-3, ampliamente estudiados por su participación en procesos asociados a la comunicación neuronal y la fluidez de las membranas del cerebro.
La evidencia ha demostrado que estos ácidos grasos participan en diversos procesos relacionados con el aprendizaje, la memoria y el adecuado funcionamiento cognitivo. Aunque esta relación se ha descrito principalmente con otros tipos de omega-3, DHA y EPA presentes en el pescado, recientes investigaciones relacionan el omega-3 ALA, presente en nueces y semillas con la salud cerebral.
En este escenario, es que la chía ha ganado protagonismo por ser una de las principales fuentes vegetales de ácido alfa-linolénico (ALA), un tipo de omega-3 esencial que nuestro organismo no puede producir por sí mismo y que debe obtener a través de la alimentación.
A eso se suma su versatilidad, dado que puede incorporarse fácilmente a distintas preparaciones y, con apenas dos cucharadas, genera un buen aporte en fibra, proteínas, minerales y ácidos grasos.
Si bien, ningún alimento, por sí solo, garantiza una buena salud cerebral, los beneficios de los omega-3 se potencian cuando forman parte de un esquema que incluye una alimentación equilibrada, acompañada de actividad física, descanso adecuado y hábitos de vida saludables.
Quizás esa sea una de las principales reflexiones que deja el Mes del Cerebro. Cuidar nuestra salud cognitiva implica pequeños hábitos que sostenemos en el día a día. La alimentación es uno de ellos y, en ese contexto, incorporar alimentos con un alto valor nutricional, como la chía, puede ser un aporte simple, accesible y fácil de mantener en el tiempo.