Trastorno Dismórfico Corporal (TDC): Cuando un defecto se convierte en una obsesión

Los cánones de belleza que nos bombardean a diario en programas de televisión y en publicidad, nos habla de cómo la sociedad dicta que debemos lucir. Pero, ¿qué pasa cuando esta obsesión por mejorar nuestro aspecto se transforma en un problema mental, y un defecto corporal, pasa a convertirse en una condena sin salida?.

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LA MITOLOGÍA GRIEGA NOS HABLA DE UN JOVEN HERMOSO LLAMADO NARCISO, QUIEN SE ARROJÓ A LAS AGUAS DE UN RÍO, ENAMORADO DE SU PROPIA IMAGEN PROYECTADA EN EL REFLEJO DE LAS AGUAS. LA PREOCUPACIÓN POR LUCIR ESTÉTICAMENTE BELLOS ES ALGO QUE NOS PUEDE PREOCUPAR A TODOS. SIN EMBARGO, EXISTE UN TRASTORNO MENTAL, QUE CONSISTE EN UNA PREOCUPACIÓN EXCESIVA Y FUERA DE LO NORMAL POR ALGÚN DEFECTO EN NUESTRA IMAGEN CORPORAL, EL QUE PUEDE SER REAL E INCLUSO IMAGINARIO.

 

Las causas del Trastorno Dismórfico Corporal no son claras y aunque varían de persona a persona, se cree que podría ser una combinación de factores genéticos, ambientales y biológicos. Sus síntomas, por lo general, afloran durante la adolescencia o primeras etapas de la adultez, cuando la persona es más susceptible a las críticas por su apariencia física, y se manifiesta mayor inseguridad respecto a quién se es.

Muchos creen que la vanidad es terreno exclusivo de las mujeres, y que por lo tanto el TDC sólo las afectaría a ellas, sin embargo, la realidad es otra, pues los hombres también podrían desarrollar esta enfermedad, obsesionándose en general con su musculatura, al tal punto de consumir ciertos fármacos para lograr sus objetivos.

Espejito, espejito…

Como hemos dicho, las personas que sufren de este trastorno no se conforman con la imagen que ven en el espejo, pero esto es algo que nos puede pasar a todos, quizás encontremos que estamos excedidos de peso, que podrías afirmar aquellos músculos que nos acomplejan, o que quizás podemos corregir mediante cirugía algún defecto que nos molesta. Para eso hacemos dieta saludable, vamos al gimnasio, y evaluamos una visita al quirófano. El problema es cuando la preocupación sobrepasa los límites, y el anhelo por lucir una imagen perfecta se transforma en una obsesión que sólo puede ser satisfecha con permanentes visitas al cirujano plástico.

En esos casos, queda en manos de la ética profesional el cómo proceder ante estos pacientes. Muchos profesionales del área, trabajan con equipos multidisciplinarios que evalúan a cada persona, no sólo desde su salud física, sino también mental. Si no son aptos, los cirujanos declinan operar hasta que la persona no se estabilice. Sin embargo, y por los casos que podemos ver en los medios de comunicación, hay profesionales que no tienen reparos en acceder a las peticiones de sus pacientes, como el caso de la norteamericana Cindy Jackson, que tiene a su haber más de 50 operaciones en su afán de querer ser idéntica a la muñeca Barbie.

Una salida para el problema

Muchos estudios demuestran que las personas que padecen de esta enfermedad se tardan mucho tiempo en reconocer que tienen un problema. Por lo tanto, la asistencia médica suele llegar cuando los efectos colaterales crean alarma en su entorno, como intentos de suicidio, reclusión social, o como mencionamos anteriormente, una seguidilla de cirugías plásticas.

El tratamiento recomendado en estos casos consiste básicamente en psicoterapia y en ocasiones también se indican psicofármacos como antidepresivos serotoninérgicos. En casos mas graves, donde la creencia puede llegar a ser delirante, se recomienda el uso de neurolépticos.

Es importante detenerse en esta vorágine del perfeccionamiento estético, y preguntarse hacia dónde nos conduce cambiar nuestra imagen. Si nuestros esfuerzos nos llevan a una infelicidad sin retorno, deberíamos entonces plantearnos la posibilidad de acudir a una evaluación médica, que determine la presencia de este trastorno, la que suele estar muy bien camuflado en la oferta existente en esta loca carrera por la belleza.

 

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